Una simple cebolla, esa que nos hace llorar en la cocina cuando la cortamos, es muy buena para la salud. Estimula muchas funciones orgánicas por sus propiedades diuréticas, cardiotónicas, hipoglucemiantes, antisépticas y emenagogas (regula el ciclo menstrual en las mujeres).

Es, además, un buen reductor de la agregación plaquetaria, disminuyendo así el riesgo de sufrir trombosis. Reduce además los niveles de colesterol, triglicéridos y ácido úrico en sangre. Por si fuera poco todo esto, favorece el crecimiento, retrasa la vejez y refuerza las defensas orgánicas del cuerpo.

En la cocina es uno de los condimentos más empleados. Por su alto contenido en agua, es uno de los ingredientes que puede cocinar con muy poco aceite y agua. Se puede consumir de diversas formas dependiendo el plato que se va a preparar.

Dentro de sus componentes tenemos que destacar los aminoácidos, minerales, vitaminas, aceite esenciales, ácido tiopropiónico, quercetina y alicina.

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